El presidente de la Asamblea Nacional hizo un esfuerzo para evitar que sus colegas diputados sigan dilapidando los impuestos que debemos pagar todos los panameños. Si bien algo se consiguió, hay que recalcar el hecho de que los privilegios más ignominiosos siguen incólumes –incluyendo la inmunidad, las franquicias, las costosas planillas, las exoneraciones–.
Parecen no darse cuenta de que los ciudadanos encontramos intolerable que ellos se exhiban por ahí con sus automóviles de lujo, con sus desenfrenos y abusos y que, devengando los salarios que ellos ganan, nos obliguen a pagar los impuestos que alegremente se exoneran. Su descaro no conoce de límites.
No podríamos menos que estar de acuerdo con los diputados del PRD, que propusieron derogar todas sus prebendas. Pero saliendo de ellos –que pudieron hacerlo cuando Elías Castillo propuso algo similar–, tal propuesta no es más que demagogia barata. Sus intentos de hacernos creer que son mejores que sus compañeros oficialistas es la peor de todas sus patrañas. Son iguales, solo que en distintos partidos.
