La vieja aspiración humana de lograr la igualdad ante la ley –sin diferencias por razones raciales, sociales, ideológicas o sexuales– tuvo el fin de semana la vocería firme del nuevo premio Nobel de la Paz, el presidente de Estados Unidos, Barak Obama.
“No puedo pedirles paciencia, como no se les podía exigir hace medio siglo a los afroamericanos que reclamaban igualdad”, declaró ante la comunidad homosexual reunida en Washington, el primer negro en ocupar la Casa Blanca, como un esperanzador símbolo de que el sueño de la igualdad es posible.
Además, Obama ordenó ayer la ratificación de la declaración de la Organización de Naciones Unidad que establece la despenalización de la homosexualidad, que había sido ignorada por su antecesor. No hay que olvidar que, solo en 1973, la Asociación de Psiquiatras Estadounidense retiró la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, y que no fue sino hasta 2003 cuando la Corte Suprema de ese país declaró inconstitucional la penalización de las relaciones homosexuales privadas entre adultos. Hace solo seis años. En el medio, la violencia, la discriminación y la injusticia fueron la norma. La igualdad ha costado mucho.
No hay que olvidarlo.