Veinte años han transcurrido desde aquel 3 de octubre de 1989, cuando un grupo de militares se alzó en armas contra el entonces dictador Manuel Antonio Noriega.
Tal osadía les costó la vida a los rebeldes, cuyas vidas fueron segadas cobardemente por los que se mantuvieron fieles al tirano. Ante la mirada de las tropas, dispararon a sus compañeros para complacer a su amo: no habría perdón para el ‘traidor’.
Cuatro resultaron condenados por la llamada masacre de Albrook, lugar donde se perpetraron varias de las ejecuciones. Uno de ellos, el dictador, está preso en Estados Unidos; dos huyeron fuera del país y gozan de libertad, y el cuarto, gracias a un generoso indulto de Ernesto Pérez Balladares, se pasea por las calles en premio por asesinar a sangre fría. El resto de los acusados fue hallado inocente.
Los crímenes de la dictadura siguen hiriendo porque la justicia, como siempre, nos ha fallado. Ni los responsables ni sus cómplices civiles –hoy centelleantes figuras del PRD– han pedido perdón por sus crímenes. Aun en democracia, no han parado de burlarse de nosotros.