El espontáneo homenaje brindado ayer por el pueblo panameño a Guillermo Endara, deja lecciones claras a la clase política. En contra de cualquier duda que hubiera podido surgir luego de haber perdido dos elecciones, los panameños dejaron establecido que más allá de líderes mesiánicos, su aprecio imperecedero estaba en la figura de quien se alzó con hidalguía en defensa de los demás durante la noche más oscura de la República.
Fue evidente también que el pueblo no olvida a quienes han sobresalido por dotarnos un mejor país, no importan los años transcurridos. Y, como atinadamente repitieron una y otra vez los miles de humildes panameños entrevistados ayer, tenemos muy clara la diferencia entre un mandatario honesto y sincero, y los bribones que empachados de corrupción le sucedieron. Que sirva pues a quienes transitan la vida pública con el ánimo de servir a su país, entender que los panameños sabemos escrutar el trigo, que al final no nos dejamos engañar por la pompa, la oratoria ni el eslogan, sino que sabemos premiar al valiente, al sincero y al honesto, con aplauso cerrado y sentidas lágrimas.
