Al día siguiente que el presidente Martinelli promovía al país ante la Organización de las Naciones Unidas, un inocente turista sentado en esos simpáticos cafés del Casco Antiguo quedó atrapado en una balacera entre pandilleros.
Lucha por la vida, en cuidados intensivos, junto al mesero que le servía. Es una escena que se repite en cada uno de los barrios de la ciudad y en cada una de las ciudades del país. Nadie ha quedado a salvo, ya que la desgracia llega a quien está en el momento equivocado mientras estos criminales se ajustan cuentas.
La vorágine del pandillerismo parece haberse tomado el país y hemos quedado todos secuestrados por un puñado de impúberes que juegan a rufianes, o acata órdenes de sus maestros, que juegan con la vida de los habitantes. No hay resguardo para panameños ni turistas. Ya sea a dos cuadras del Palacio de las Garzas y del Ministerio de Gobierno y Justicia, en los barrios más encumbrados de la capital o hasta en los predios de nuestras escuelas y hospitales, el hampa está ganando la partida, y no podemos permitirlo.
