Panamá ha sido afortunada al poder contar con cuatro conjuntos monumentales de la época colonial de extraordinario valor histórico. La riqueza arquitectónica legada por España en el Caribe –compuesta por una sofisticada estrategia que incluía la fortaleza de San Lorenzo y el espectacular sistema defensivo de los fuertes de Portobelo– ha sobrevivido a siglos de abandono y desalmado pillaje. La cercanía al poder político y económico le ha reservado a los conjuntos del Pacífico –Panamá Viejo y el Casco Antiguo– mejor suerte.
Aún así, los panameños estamos en deuda con nuestro patrimonio histórico, debido a la lamentable situación por la que atraviesa. Inevitables son los contrastes entre el bienintencionado plan de rescate y puesta en valor de los cuatro conjuntos monumentales reconocidos como Patrimonio de la Humanidad, con las burdas edificaciones que se alzan en la Plaza de la Independencia –que incluyen un condominio que sobrepasa todo volumen e irrespeta la autenticidad– y la destrucción del hotel Central, así como la inercia gubernamental para hacer cumplir las leyes frente al estado ruinoso de propiedades acaparadas solo para especular, tal y como ocurrió ayer al desplomarse parte del teatro Variedades.
