A pesar de los incrédulos y los cínicos, los efectos del cambio climático se vienen manifestando con fuerza. Sequías prolongadas, inundaciones frecuentes, huracanes y escasez de agua potable, son algunas de las más graves manifestaciones del fenómeno. En la cercana Guatemala, por ejemplo, el aumento del nivel del mar ya hizo desaparecer el poblado El Dormido, mientras que las sequías están provocando un caos alimentario con su consecuente tragedia humana.
Por estos lares, las autoridades nos informan que el fenómeno de El Niño traerá prontamente sequías que afectarán las cuencas donde están las hidroeléctricas de Bayano y Fortuna, lo que provocará reducción en la producción de energía. La situación es grave y aunque los principales culpables del calentamiento global son los países más ricos –justamente los que tardan en decidirse a reducir sus emisiones industriales–, cada nación y cada persona puede adoptar medidas para ayudar a frenar el aumento de la temperatura del planeta. Panamá, con su maravillosa biodiversidad y sus aún extensos bosques tropicales, debe hacer de la protección de sus recursos naturales una política de Estado. No solo es imperativo para Panamá, sino para el planeta.
