El premio gordo de los juegos de azar no lo gana el que alimenta las máquinas tragamonedas o el que apuesta en la ruleta. Este premio está reservado para los dueños de casinos y salas de juego que lucran sin piedad de la pobreza. La ilusión del dinero fácil de miles de panameños se desvanece brutalmente cuando terminan con sus bolsillos vacíos al cabo de unas horas de juego en las que pierden todo el dinero de su quincena.
Panamá no es un país de ricos: casi la mitad de la población es pobre y es esta, precisamente, la víctima de un negocio que, además, genera toda clase de perjuicios, empezando con la desintegración del núcleo familiar –base misma del Estado–, pasando por problemas laborales, económicos y hasta judiciales. La industria del juego no es fuente de riqueza colectiva. Sus brillantes luces ocultan una larga e indeseable estela de miseria y desdichas.
