A escondidas, tras el manto de una vergonzosa beatería –aprobando leyes para celebrar el mes de la Biblia– la pasada Asamblea Nacional ocultaba más que escandalosos pecados. Los privilegios, los lujos y el derroche eran las debilidades por las que muchos diputados vendieron algo más que sus inmortales almas.
La Asamblea Nacional necesita con urgencia cambios, pero no los cosméticos a los que están acostumbrados, sino de raíz, pues sus bochornosas acciones –pasadas o futuras– le restan legitimidad. No en vano los resultados de múltiples encuestas de opinión revelan una percepción extraordinariamente alta de corrupción en este órgano del Estado. Y, en este caso, la percepción no está alejada de la realidad, de hecho, se queda hasta corta.
Las promesas que ha hecho el recién estrenado Presidente de la cámara legislativa generan expectativas de esperanza, pero incumplirlas –o impedir que se concreten– solo hará más profunda la repulsión que sienten muchos ciudadanos hacia estos funcionarios. Recapacitar es cosa de sabios, y hacerlo con rapidez revela perspicacia. No hacerlo, en cambio, es de necios.
