El desmadre de Amador –ese truculento conjunto de concesiones dadas en lo que algún día fue la joya de la corona de las áreas revertidas– es el producto de la negligencia gubernamental y la codicia privada. Allí ha ido a parar –salvo contadas y meritorias excepciones– un clan de negociantes que ha tomado cosa ajena sin sonrojarse, sin pagar, y sin escrúpulos.
Tan perjudicial como el asalto que han llevado contra el patrimonio nacional, ha sido la colección de adefesios que han dejado, legándonos un daño estético irreparable a lo que algún día fue un paradisíaco trecho de tierra y mar a la entrada del Canal y sobre la bahía. El envidiable entorno natural ha sido arruinado con cuanto diseño cursi y de pobrísimo valor estético pasó por la cabeza de los concesionarios, con rellenos repletos de estacionamientos frente al mar y comensales degustando sobre la calle, en medio del más absoluto desprecio por el ambiente, los peatones y el buen gusto.
