El presidente, Ricardo Martinelli, llevó a cabo ayer lo que tantos panameños anhelábamos que un gobernante hiciera: ponerle coto al descarado abuso que Jean Figali ha perpetuado en Amador. Bajo la tenebrosa sombra de la hoy ex presidenta Mireya Moscoso –que lo tenía como su embajador plenipotenciario, y la escandalosa protección que recibió de su buen amigo el magistrado Winston Spadafora–, las grotescas risotadas de Figali eran ensordecedoras. Martín Torrijos, por incapacidad o por complicidad, brindó refugio seguro para que la bribonada de Amador marchara imparable.
El empresario ya creía contar con una buena protección con Guillermo Cochez como su representante en la nueva era. Pero Martinelli supo interpretar el deseo de quienes estamos hartos de esas insaciables picardías desvaneciendo, finalmente, el mito de Sísifo, aquel que sufrió el castigo de empujar una roca por la montaña hasta su cima, desde donde la piedra volvería a caer, e indefinidamente debía volver a trepar. Así era el absurdo al que todos los panameños parecíamos estar condenados eternamente gracias a este caballero.