El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se confiesa fumador en recuperación. Significa que en el pasado fumó de forma habitual, pero ahora –con una recuperación del 95%, según afirma– de vez en cuando “mete la pata” y se fuma uno que otro. Su lucha contra el tabaquismo es pública y lleva años tratando de abandonar el vicio de forma definitiva.
Sin embargo, esta flaqueza no ha sido óbice para que esta semana Obama firmara una ley ejemplarizante que otorga poderes amplios y sin precedentes a la Administración de Alimentos y Drogas para ejercer controles más estrictos sobre la industria del tabaco en materia de publicidad y divulgación de información. Incluso, podrá ordenar prohibiciones para proteger la salud colectiva.
La entereza del gobernante es admirable considerando el poder de estas empresas, cuyos intereses son celosamente vigilados por cabilderos muy bien pagados. La vertical postura de Obama supone una lección para muchos políticos –incluidos los nuestros–, pues dispuso velar por el bien colectivo antes que los intereses de unos pocos. Y aunque este comportamiento debería ser la norma para los servidores públicos, la realidad es que es la excepción.