El año pasado, el Gobierno desatendió numerosas y prudentes advertencias sobre el disparate de aprobar un presupuesto que ignoraba de forma tajante la crisis mundial que se avecinaba. Las autoridades, testarudas, hicieron de las suyas y, peor aún, decidieron gastar a manos llenas el dinero de los contribuyentes con el único propósito de pagar una campaña política a favor del partido oficialista. El éxtasis que les produjo la ilusión de su perpetuidad en el poder les hizo hacer cosas irracionales, como quitarle dinero a programas sociales y educativos.
El más lamentable fue el recorte de más de 40 millones de dólares aplicado al Inadeh, y que supuso una herida letal a sus programas de entrenamiento. Pero otras instituciones, inexplicablemente, recibieron a borbotones, como la Autoridad Marítima de Panamá que, en vez de restringirle sus gastos, se le otorgaron créditos y dineros para fines dudosos e intrascendentes. Estos últimos meses de la actual administración de Martín Torrijos han revelado un caudal de cuestionables transacciones y manejos de la cosa pública. Por fortuna, falta poco para que se acabe el festín.
