La decisión del Ministerio de la Presidencia de destituir a los tres agentes del Servicio de Protección Institucional que prestaron servicios a David Murcia es además de injusta, cuestionable. Primero, porque la falta que se les endilga la cometieron también sus otros compañeros, solo que ellos cuidaban al círculo cercano del Presidente y por órdenes directas de éste. Por otro lado, sin saber cuáles eran los negocios de Murcia, no tenían por qué sospechar de él cuando lo veían reunido con prestantes figuras del PRD, el partido de su jefe, el Presidente de la República.
Por ello, si la falta merece la destitución, la misma suerte deberían correr sus superiores jerárquicos, que demostraron ser ineficientes en materia de control y recopilación de inteligencia para garantizar la seguridad del gobernante. Pero estos funcionarios ni siquiera se dieron por aludidos, a pesar de que debieron presentar su renuncia ante tremendo escándalo e incompetencia. Al menos, los agentes pueden decir que en este problema dieron la cara, no así sus jefes, que demostraron más apego al salario que al honor.
