La Asamblea Nacional es, desde hace años –incluyendo los de la dictadura militar–, blanco de las críticas de los ciudadanos que cuestionan la actitud pasiva que asumen nuestros diputados ante el atropello del que son víctimas las leyes que ellos mismos aprueban o proponen. Muchos diputados entregan su voto al mejor postor político o a cambio de canonjías gubernamentales que los ayuda a recuperar los votos que pierden con esa actitud pusilánime y permisiva.
Quizás a ello se deba que importantes figuras hayan sido blanco del castigo de sus electores, y en esta ocasión nos los hayan favorecido con el voto. Las nuevas caras que veremos en la Asamblea deben tener claro que si han sido elegidas, es por la voluntad de sus electores y a ellos se deben. Si pretenden olvidarlo, no sería mala idea que miren lo que está ocurriendo con los ocupantes de esas mismas curules que ahora ellos van a ocupar. Ese puesto en el hemiciclo del Palacio Justo Arosemena no pertenece a sus donantes ni a su partido, es de esa masa de personas que el domingo madrugó para confiarles lo único que tiene para poder ser escuchada: su voto.
