El Casco Antiguo de la ciudad de Panamá es Patrimonio de la Humanidad y, a pesar de ello, está bajo una enorme presión de parte de algunos empresarios que hacen todo por irrespetar esta herencia, ya no solo de los panameños sino del mundo. El Estado hace exactamente lo mismo por lo que castiga a otros. Lo peor de todo es que esta parte de la ciudad tiene una oficina gubernamental creada especialmente para que se encargue de mantener intacto su aspecto, pero es la última que se entera de lo que ocurre en sus narices.
Lo que está haciendo el Ministerio de Obras Públicas –so pretexto de reparaciones pasajeras– es una afrenta no solo al buen gusto, sino a la propia ley, a pesar de que debería ser el primero en cumplir. Y las autoridades del Casco Antiguo ya deberían haber despertado de este letargo en el que se encuentran, ¿o es que el olor a alquitrán no llega hasta sus oficinas? Si pretendemos ser una urbe de primer mundo, las autoridades deberían empezar por dar el ejemplo. Pero lo que recibimos de ellas es, sencillamente, un gran bochorno.
