Los embotellamientos en el Corredor Sur son escandalosos. Se supone que el que usa esta vía busca un recorrido abreviado, expedito y fluido, el cual –pese a no ser gratuito– constituye una rebaja en combustible y tiempo. Nada más lejos de la realidad. No solo no hay ahorro alguno, sino que –rayando en lo absurdo– el usuario paga una tarifa onerosa para ser parte de interminables colas en esta pseudo-autopista.
El Ministerio de Obras Públicas es testigo mudo, estático y desentendido de este vía crucis de asfalto, que es un gran negocio para el concesionario y un infernal suplicio para los usuarios. En otros lares hay normas que evitan que los conductores paguen peajes en carreteras que incumplen el objetivo de asegurar el tránsito continuo. En parar los atropellos del concesionario es que deberían estar las autoridades, en vez de inundarnos con inútil propaganda aduladora y servil.