La educación pública panameña –de la que dependen más de 700 mil estudiantes– está desfasada, es de mala calidad, sufre los constantes vaivenes de protestas estudiantiles y huelgas de docentes y, para colmo, ni siquiera cuenta con un adecuado entorno que permita el aprendizaje. Lo vivido ayer –y hoy y seguramente mañana– por nuestros estudiantes, es simplemente inaceptable. Y lo peor es que de nuestras autoridades no podemos esperar mucho más que las sonrisas fingidas para hacernos creer que reina la normalidad cuando la realidad salta a la vista.
Pero, a nosotros como sociedad nos cabe una cuota parte de responsabilidad por permitir que la educación haya sido –quinquenio tras quinquenio– la ultima prioridad de cada gobierno. Ahora nos toca asumir nuestra falla y enfrentar el cúmulo de ineptitudes tras décadas de abandono y desidia. El año escolar –ya con un avanzado retraso– se perfila brumoso para nuestra juventud, a menos que exista voluntad de todos, estudiantes, maestros y padres de familia, para reponer el tiempo perdido y enmendar en lo posible los tropiezos y tumbos con que ha iniciado.
