El fallo de la Corte Suprema de Justicia que suspende el pago de una compensación de 25 mil dólares a dueños del transporte colectivo, puso un alto a lo que sin duda sería una de las peores sinvergüenzuras de esta administración. Para empezar, jamás se evaluaron los buses que el Estado adquiriría; se fijó un monto, sin importar su condición mecánica. Y desde el punto de vista moral, el Gobierno prefirió indemnizar a los buseros, que resarcir a sus víctimas: los usuarios del sistema y los incontables muertos que han quedado tirados en la calle a causa de su irresponsabilidad.
Es decir, lo que hizo la Corte fue detener la consumación de una gran injusticia y, además, impidió que triunfara la improvisación: el haberse inventado una licitación con el solo fin de satisfacer apetitos políticos. En respuesta, el Tránsito permitirá nuevamente la importación de buses de segunda que perpetuarán los temidos “diablos rojos”. Es la herencia que nos deja el Tránsito, producto de su dejadez y falta de planificación, porque tiempo hubo para buscar soluciones. Faltó solo voluntad.
