Panamá parece no solo ser tierra de plenitud para los inversionistas extranjeros y locales que legítimamente ven en el suelo patrio una oportunidad de progreso, sino también para aquellos de pocos escrúpulos que en busca de fortuna explotan desmesuradamente el medio ambiente sin importar el daño ecológico ocasionado al país y a su población. Ante la mirada ciega y los oídos sordos de las autoridades judiciales panameñas, es muy poco lo que agrupaciones ambientalistas pueden hacer para salvar al país de la vorágine que representa la construcción ilimitada y sin control de minas, puertos, hidroeléctricas, edificios y proyectos turísticos en zonas protegidas, como es el caso de los manglares de Juan Díaz y Colón, de reservas forestales como la cuenca hidrográfica del Canal y el Corredor Biológico Mesoamericano. Ya es hora de que las autoridades asuman su rol y apliquen sanciones enérgicas, equivalentes a la magnitud de los daños ocasionados, o de lo contrario, que se atengan al dedo acusador de las futuras generaciones de panameños.
Hoy por Hoy 2009/03/14
14 mar 2009 - 05:00 AM
