Ayer, como casi todos los días, una familia panameña sufrió la tragedia de ver cómo uno de sus miembros moría a causa de la inacabable ola de violencia que avanza sin que nada ni nadie la pueda detener. Esta vez, a los deudos se une el gobierno, pues la víctima no solo era el director del Instituto Nacional de Cultura, sino un cercano amigo del presidente, Martín Torrijos. Atrapado en medio de un asalto, el funcionario y otros acompañantes fueron alcanzados por las balas del tiroteo entre maleantes y agentes de seguridad.
Estuvieron en el lugar y a la hora equivocada, pero la violencia no discrimina porque sus víctimas pueden ser niños o estudiantes o empresarios o funcionarios. Lo ocurrido con el director del Inac quizá haga que las autoridades despierten de ese espejismo que les hace creer que una escolta o un guardaespaldas los hace inmunes a la actividad delictiva. Es lamentable este hecho, como también el que sufren muchas familias, pero si algo bueno se puede derivar de esta tragedia es que ya tenemos que poner un alto a tanta insensatez.