Cuando empezaron los problemas con la fibra de vidrio en los colegios, estaba claro que el calendario escolar acabaría malogrado. Eso no fue sorpresa. Sorpresa es la que nos acaban de dar los profesores, que se niegan a impartir clases so pretexto de que el contratiempo de la fibra no fue culpa de ellos. Eso es muy cierto, la responsabilidad de lo acontecido con la fibra de vidrio podría endilgarse al ministro de turno, a cargo de velar por el mantenimiento adecuado de las estructuras educativas y a quien, sin embargo, poco le importó el daño irreversible que ocasionaría a los alumnos al perder tantas clases.
Pero los estudiantes afectados tampoco son culpables de lo ocurrido. Y es que no se trata de buscar un culpable. Lo importante ahora es enmendar –en lo posible– las carencias y baches que dejó la interrupción del año escolar. La hostil actitud de los docentes –a quienes, además, se les pagó la totalidad de sus salarios sin dar clases– es inaceptable. Ellos olvidan que su ejemplo habla más fuerte que cualquier dogma, y desconocer ahora la importancia de extender el calendario escolar desdice de su vocación y empeño. El desacierto de estas posturas de hoy, lamentablemente lo pagarán nuestros jóvenes mañana.