A juzgar por la indecorosa propuesta del empresario Jean Figali –de retirar una multimillonaria demanda contra el Estado a cambio de que se le permita seguir adelante con los proyectos de Grupo F en Amador–, ¿acaso los panameños deberíamos estarle profundamente agradecidos por su “generoso” desprendimiento? Tal proposición solo confirma que su cinismo carece de límites. Actúa así porque hasta ahora las convenientes conexiones le han funcionado.
La Corte Suprema de Justicia –en especial los magistrados que manejan los casos contra el empresario– poco, o más bien nada, ha hecho para darle curso a los expedientes que hay en su contra, lo que ha dado como resultado que sea imposible que al concesionario de Amador que más le debe al Estado lo alcance la justicia. Es decir, la deliberada inoperancia de estos funcionarios ha convertido la impunidad en la llave con la que Figali ha ganado tiempo para rellenar las riberas de las playas de Amador, desafiando a quien haya intentado detenerlo.
Frente a ello, los panameños hemos quedado a merced de la voracidad de este empresario que ahora pretende mutar de victimario a víctima.