Las declaraciones de la directora de Patrimonio Histórico causan estupor. Según ella, el “único valor [de la escultura Juegos de Antaño] se lo daba el artista” que las confeccionó. Eso es tanto como decir que las ruinas de Panamá La Vieja no son más que un montón de piedras arcaicas sin más valor que las tierras donde se hallan.
Esta concepción de lo valioso, más que desfachatez, refleja la realidad de los funcionarios a su cargo. Las esculturas puede que no sean de su gusto, pero nos costó dinero y no por ello pueden perderse y sus custodios mirar hacia otro lado. ¿Quién ordenó su traslado a un oscuro depósito? ¿Quién las resguardaría?
Tan culpable es uno como el otro. Hay funcionarios que tienen la desatinada idea de que los bienes del Estado pueden ser dispuestos sin más razón que su capricho. El hurto de las esculturas debe ser castigado ejemplarmente para que descarten esas absurdas ideas. No son las figuras desechables de un carro de Carnaval. O estas aparecen o sus custodios deberán responder por su negligencia.
