Surrealista parece el relato de la súbita desaparición de un conjunto monumental de más de 180 piezas de bronce, que todos creíamos debidamente custodiadas en los predios del Parque Recreativo Omar. No hay excusa que valga para tratar de justificar un supuesto hurto de tales esculturas metálicas, cuando para su movilización se requiere de equipo especializado –grúas o montacargas– y el esfuerzo no de uno, sino de varios hombres. Las figuras –de 35 toneladas– no pudieron haber perdido peso, por lo que extraerlas de su depósito, estibarlas y trasladarlas no es una maniobra silenciosa; por el contrario, patéticamente escandalosa.
Y sucedió frente a las narices del Servicio de Protección Institucional y, por supuesto, en la cara de los funcionarios del Despacho de la Primera Dama, responsables de su resguardo. ¿Veremos a alguien preso por este caso? ¿Habrá algún responsable? Todos conocemos las respuestas. Mientras bribonadas como estas sigan sucediendo con la complicidad de nuestras autoridades, seguiremos siendo un país de maleantes que disfrutan a sus anchas en el reino de la impunidad.
