Por demasiado tiempo, los ciudadanos de la capital hemos tomado como algo normal los cables eléctricos que guindan de postes por toda la ciudad.
Mientras que las grandes ciudades del continente hacen esfuerzos por eliminar cables desparramados, soterrándolos mediante planes eficaces, nosotros empeoramos la situación, sin esperanza alguna de revertir semejante adefesio urbano.
La contaminación visual la agrava la interminable proliferación de vallas publicitarias, que no solo invade cuanto espacio público queda disponible, sino que se ha tomado las carreteras nacionales y los pueblos del interior. ¿Habrá alguien capaz de poner algo de sensatez al caos, capaz de tener entre sus planes el valor estético de nuestras ciudades y campos?
Nuestros centros urbanos tienen retos para mejorar la calidad de vida de sus pobladores, y el buen gusto, la armonía, la disminución de la contaminación y el ruido, la recuperación de áreas verdes y espacios públicos son pasos obligados para iniciar esos desafíos.
Ojalá alguno de los políticos que nos piden el voto, lo entiendan así.
