Es difícil cuestionar cualquier mejora a los salarios paupérrimos que el Estado paga a la inmensa mayoría de sus funcionarios.
Pero el acto montado ayer por el presidente Torrijos, retrata de cuerpo entero un actuar politiquero, lejos de las responsabilidades del estadista que debería regentar la Nación. Ningún mandatario en las últimas dos décadas ha tenido a su alcance la posibilidad de transformar la administración pública como Torrijos, y la ha desperdiciado.
En vez de disminuir el tamaño de la agobiante planilla estatal –una de las más grandes del hemisferio en términos per cápita–, la aumentó. Un Estado más chico y eficiente hubiera permitido mejorar de manera permanente y significativa el salario de los funcionarios.
En su lugar, hay más empleados públicos, más burocracia mal pagada, y la oportunidad de oro, perdida, de capacitarlos e incorporarlos al sector productivo que los habría podido absorber en esta bonanza económica.
Pero el mandatario, una vez más, ha echado mano al clientelismo, en su más vulgar expresión, justo en medio de un torneo electoral.
