Las escenas que viven día a día los pacientes que llegan a las salas de urgencia de algunos hospitales estatales son aterradoras. Que alguien reciba atención médica en medio de malos olores, entre escobas y basura, arrimado a una pared de la cual penden los medicamentos que precisa el paciente por vía intravenosa, es inexcusable.
Pareciera que a las autoridades poco les importa el hecho de que son situaciones dantescas como estas las que originan las tragedias. Ya vivimos una –la muerte de más de un centenar de pacientes envenenados con jarabes de la Caja de Seguro Social– y pocas cosas han variado desde entonces.
Es inhumano someter a los pacientes, que ya viven momentos apremiantes, al estrés de tratar de sobrevivir a lo que parece ser una sala de torturas. Si el problema es espacio, el Gobierno podría destinar recursos para evitar que los enfermos sufran este infierno. Hasta ahora hemos aceptado de las autoridades muchas excusas, pero si no pueden cumplir su trabajo, también estamos dispuestos a aceptar sus renuncias.
