Colombia hizo historia. Ayer, en varios países del mundo, incluido Panamá, las voces de cientos de miles se unieron para exigir al unísono un alto a la violencia y la liberación de los secuestrados.
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) recibieron por enésima vez el repudio no solo de colombianos, sino de personas que, sin ser nativos de ese país, rechazan ese inexplicable ensañamiento de los rebeldes contra las víctimas del secuestro, así como el asesinato de civiles y políticos.
Las FARC, si alguna vez la tuvieron, han perdido legitimidad, gracias a lo retorcido de sus tácticas terroristas y de sus siniestras y perversas formas de financiar una guerra inconducente. El apoyo internacional que antes también recibía, ha mermado notablemente, y de hecho ahora la presión mundial para que abandone las armas es arrolladora.
Colombia ya ha sufrido mucho: lleva más de 40 años combatiendo a las FARC, así como al Ejército de Liberación Nacional, en una guerra que ha causado la muerte de decenas de miles de personas. El terrorismo ya no es una salida.
