La escasez de medicamentos en hospitales como el Oncológico o de la Caja de Seguro Social (CSS) es imperdonable.
En el primer caso, el cáncer y los efectos secundarios de las drogas que reciben los pacientes producen ya suficiente estrés como para sumarle a ello la falta de medicinas. Esas sustancias son las que hacen la diferencia entre vivir y morir.
Lo mismo ocurre en los sanatorios de la CSS, aunque es más grave en este caso, pues asegurados y patronos pagan una cuota obligatoria –que no es baja– no para que les digan que las medicinas llegan dentro de un mes o que ya no están en el cuadro básico.
Ellos no hacen esas erogaciones para sufragar los altos salarios de la administración o las dietas de los directivos.
Esperan, a cambio, atención, sanar sus enfermedades, mejorar su salud. Ponerse en el lugar de esos pacientes –que solo reclaman por lo que pagan– ayudaría a mejorar la atención. Pero en vez de eso, los pacientes casi deben mendigar. ¿Eso es salud igual para todos?