La última década ha visto el surgimiento de alcaldes visionarios alrededor del mundo. Desde París a Medellín, de Berlín a la ciudad de Guatemala, las ciudades experimentan un renacer municipal.
El fenómeno ha tomado cuerpo en el primer mundo y en el tercero, en metrópolis ricas o subdesarrolladas, siendo la nota común el enfoque hacia urbes más humanas, que rescatan el espacio público, se preocupan por el medio ambiente, buscan soluciones al transporte, y propician el contacto ciudadano en las aceras y áreas verdes.
Huérfana pareciera haber quedado nuestra capital: las promesas de una “gran ciudad” y la buena propaganda no han logrado esconder la realidad de una urbe deteriorada, asfixiada por el tráfico y el concreto, recargada de avisos publicitarios y cables desparramados, sin continuidad de aceras y sin una sola iniciativa verde.
El silencio acomodaticio y cómplice del alcalde ante los desmanes que se han dado, solo ha sido interrumpido para entregar llaves y pergaminos. ¡Toda una década perdida!
