El territorio panameño es un pequeño espacio que deben compartir en armónico equilibrio los habitantes y los recursos naturales. Nuestra dependencia con el medio ambiente no se limita a lo bonito que puedan ser las aves o al verdor del bosque.
El Canal de Panamá, las hidroeléctricas actuales y futuras, hasta el turismo –que es nuestra segunda fuente de divisas– no pueden existir irrespetándole. Nuestra apuesta más alta es, precisamente, la conservación de esos recursos. Por ello es incomprensible que el Gobierno apruebe proyectos mineros a cielo abierto, obras residenciales en zonas boscosas, o que descuide la protección de nuestros parques naturales o las cuentas hidrográficas.
Hemos recibido señales de alarma con niveles críticos en los embalses de las hidroeléctricas, amenaza que puede repetirse en los lagos que nutren la vía acuática. La naturaleza nos ha enviado claros mensajes. No habrá excusas entonces para justificar la falta de previsión, como tampoco las hay para que nuestra riqueza se explote en detrimento de próximas generaciones.
