Los transportistas no parecen querer comprender que ellos, además de los viejos buses que conducen, son el problema que enfrentan los usuarios. Si crean una empresa y logran participar en la licitación de las dos grandes rutas del transporte urbano, el único cambio que habrá si ganan es el chasis del bus, pues seguirán las groserías de secretarios y conductores; no pararán las mortales regatas y menos su rampante irresponsabilidad.
En otras palabras, el anhelado cambio sería tan solo cosmético. Por otro lado, las dudas sobre el nuevo sistema van en aumento con cada día que pasa, mientras los voceros del proyecto o guardan silencio o, lo que es peor, no dan una sola respuesta coherente sobre aspectos básicos del nuevo sistema.
Para colmo, ya hay aspirantes a la Presidencia que afirman que este proyecto es inviable, lo que significa que no le darían seguimiento. En este caso, ¿quién nos resarcirá por una millonaria inversión sin futuro? Transportistas y políticos tienen en común más de lo que admiten: comparten sospechosos intereses.
