Dos temblores sacudieron Colombia ayer: uno fue sísmico; y el otro, noticioso. La muerte de Tirofijo, así como la inminente derrota de las FARC, ha sido anunciada ya muchas veces. Más anhelo que realidad, la idea del fin de la guerrilla más sangrienta del continente es una ilusión colectiva que los hermanos colombianos –con toda razón- suplican como cierta. Y mientras Bogotá y el mundo tendrán que aguardar por la confirmación final del evento, ni Colombia ni el resto de las democracias podemos bajar la guardia ante la aún letal capacidad de la guerrilla de seguir manchando de luto a nuestros vecinos. Tampoco podemos los latinoamericanos dejar de solidarizarnos con los esfuerzos heroicos del pueblo y Gobierno colombiano por conseguir la paz. Nos avergüenza el sórdido comportamiento de gobernantes de países limítrofes con Colombia, como Hugo Chávez y Rafael Correa, que, al coquetear con matones disfrazados de izquierda, no hacen más que animar la marcha fúnebre que por décadas ha cubierto a Colombia y que ningún otro país quisiera en su propio territorio.
Hoy por Hoy 2008/05/25
25 may 2008 - 05:00 AM
