Las declaraciones de muchos funcionarios parecen ser la fachada perfecta tras las que esconden aviesas intenciones y hasta mentiras descaradas. También suelen utilizar la burocracia como escudo contra las críticas cuando su desempeño empieza a imitar la lentitud de la tortuga. En todo caso, alcanzan su propósito: burlar la Ley. Rafael Arosemena, el banquero convicto condenado por un peculado global de 14 millones de dólares, que vivió un autoexilio dorado de 16 años en México y que al entregarse a la justicia llegó en un jet privado, tiene en Panamá más tiempo de estar libre que encerrado por su fechorías. El mensaje que envían las autoridades penitenciarias a la sociedad –con esta falta de seriedad en el cumplimiento de sus deberes– es nefasto: el crimen sí paga. Así de sencillo. Han convertido el país en el santuario de los crímenes de cuello blanco. Pero ni la hipocresía ni la burocracia logran encubrir la desfachatez de permitir la impunidad, muy al contrario, solo consiguen hacerla más evidente.
Hoy por Hoy 2008/05/04
04 may 2008 - 05:00 AM