Panamá goza en este momento de una democracia, imperfecta, mejorable, pero democracia al fin. Lograrlo costó a miles de panameños sangre, encarcelamientos, golpizas, exilios y, en la mayoría de los casos, violaciones a sus derechos humanos.
Hoy, este último tema está sobre el tapete. Cada vez es más frecuente que panameños defraudados por nuestro sistema judicial acudan a la Comisión y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos en busca de lo que no encuentran aquí. Pero especial interés ha despertado el hacinamiento en las cárceles, los numerosos reos sin condena, la ausencia de programas de resocialización.
Todo el sistema penitenciario es objeto de un escrutinio, precisamente porque son vergonzosas las violaciones a los derechos humanos. Ignorar este hecho solo podrá tener consecuencias que todos los ciudadanos una vez más tendremos que lamentar. Es imperativo que las autoridades tomen cartas en el asunto, antes de que seamos objeto de una condena más.