Irónicamente, tuvo que ser una grave crisis regional –que incluso amenazaba con tornarse bélica– la que lograra que, por primera vez en mucho tiempo, una cumbre presidencial tuviera resultados positivos y concretos.
El diálogo –aunque en varios momentos muy subido de tono–, así como los argumentos y la ecuanimidad, se convirtieron en la herramienta que llevó a los presidentes de Ecuador y Colombia a superar un delicado conflicto diplomático.
El resultado es esperanzador para la región, que ya suficientes problemas tiene como para desviar su atención hacia una confrontación innecesaria entre pueblos hermanos.
Ahora, con la apertura de caminos que apuntan a la reconciliación, el conjunto de naciones latinoamericanas debe dejar atrás las retóricas ideológicas para, de una vez por todas, cerrar filas contra el narcoterrorismo, y apoyar a la hermana república de Colombia a superar el principal problema de violencia que hay en el continente. He allí el principal reto de Latinoamérica.
