Parece que en Panamá no nos hemos enterado de que la corriente mundial rechaza y condena la deforestación. Gozamos del limitado privilegio de ser parte del corredor biológico mesoamericano, reserva forestal y bosque tropical del continente, pero nos estamos empeñando en acabar de un serruchazo con nuestro mayor tesoro natural.
El calentamiento global no es una historia de otra galaxia, es una realidad cuyos efectos ya se sienten y tienen al planeta enredado. Los fenómenos climáticos convertidos en catástrofes no dejan de sorprender nuestra pequeñez humana para demostrarnos que somos finitos y que no podemos luchar contranatura: esa batalla la llevamos perdida de antemano.
Pero, en lugar de atender con responsabilidad nuestro rol en el ecosistema mundial, seguimos con la destructiva conducta de permitir –uno a uno– acabar con árboles centenarios, pulmones citadinos, bosques y manglares. O realmente ponemos un freno a esta irresponsabilidad o en unos años en lugar de un punto verde, seremos un punto seco en el mapamundi.