La reputación de nuestro sistema público de salud no era buena hace un año. Ahora las cosas han empeorado, porque lo impensable pasó: La Caja de Seguro Social recetó a sus pacientes un jarabe para la tos que resultó ser un mortal veneno que segó la vida de, al menos, 130 personas.
Con lo poco que le quedaba de su prestigio, las autoridades de Salud se ven enfrentadas a otro drama sanitario: la muerte de decenas de indígenas –en su mayoría, niños– que pudo evitarse.
El daño que causan estas tragedias no solo va en dirección de las ya debilitadas políticas de salud, sino de la gente usuaria de los servicios médicos públicos, porque si no les tienen confianza, sus alternativas para enfrentar las dolencias se ven reducidas al remedio casero o a un milagro. Por eso, a estas alturas, ya no hay espacio para la negligencia, ya algunos organismos internacionales han sonado las alarmas. Es hora de prestar atención, en vez de justificar el abandono.
