La educación es el motor del desarrollo, y mientras no volquemos nuestros recursos en esa dirección, no lograremos salir del pantano tercermundista. Hoy, al celebrar el día mundial de la alfabetización, es importante autoevaluarnos como país, y así determinar con precisión cuán grande es esa brecha que separa a miles de panameños de la posibilidad de leer, escribir y educarse.
Es imperdonable que en un país como Panamá, con una población pequeña, con abundantes recursos y con el auge económico que atraviesa, todavía tengamos más de 150 mil personas analfabetas. Independientemente de las limitaciones que se puedan argumentar, la educación es un derecho y el Estado –de acuerdo con la Constitución– debe garantizar el acceso a ella.
Y el Gobierno tiene la obligación de procurar que todos los panameños tengan la oportunidad de prepararse adecuadamente. Es justo reconocer que Panamá es uno de los países con mayor índice de alfabetización en la región, pero esto no debe detenernos en nuestra aspiración de lograr que el analfabetismo desaparezca de nuestras estadísticas.
