Nuestro sistema educativo retrata también la crudeza de dos Panamá en torno a la educación en las áreas de difícil acceso. Por una parte se pretende compensar la falta de condiciones mínimas y la lejanía que enfrentan los maestros, con un sobresueldo equivalente a un dólar diario. Pero ese escaso dólar ni siquiera toca a su destinatario, pues por una razón u otra los pagos se retrasan y terminan por no llegar.
Si bien la docencia es una vocación, para los más de 8 mil maestros que se desplazan a esas zonas inhóspitas buscando ejercer su apostolado, el fervor se transforma en aflicción y terminan por desdeñar lo que un día fue el sueño de contribuir a la formación de mentes pródigas y productivas.
Tenemos un deber con nuestros niños para que reciban una educación básica adecuada, pero ese deber también debe alcanzar a los instrumentos para esa conquista: los docentes. El nuevo ministro tiene un reto por delante: no permitir que el abandono y la desidia hagan aún más difícil acercar intelectualmente a nuestros estudiantes más apartados.