El progreso en Panamá tiene prisa, tan rápido avanza que atropella. Además de las ya conocidas víctimas, la educación parece llevar la peor parte. Mientras el mercado exige más y mejores profesionales, en las escuelas languidece el deseo de superación.
El Ministerio de Educación tiene el deber de satisfacer esas necesidades, que cada día se harán más apremiantes. Ya estamos tarde respecto a nuestro crecimiento económico y las actuales circunstancias reclaman acciones inmediatas, que implican sacrificios y hasta acciones heroicas, porque está bastante claro que algo –o mucho– no está funcionando en las aulas de clases.
De ahí que resulte una frivolidad proclamarnos como uno de los países de la región donde más se "invierte" en educación, cuando su calidad es cuestionable. Los problemas de este sector no solo son de forma –la falta o el mal estado de las aulas, sillas, o de los inodoros–, hay serios problemas de actitud, de metodología, de liderazgo, incluso, de docencia. No permitamos que las ruedas del progreso nos arrollen porque no podemos marchar a su velocidad.
