El nuevo Defensor del Pueblo comienza una gestión que ya enfrenta problemas de percepción y otros un tanto más tangibles. Para empezar, la más reciente encuesta que encargó este diario sobre la impresión que hay de su elección en la Asamblea, revela una cifra preocupante: más del 60% de los consultados cree que se trató de un nombramiento político, lo cual nos lleva a su segundo gran problema, que es haber salido de las entrañas del poder ejecutivo, pues antes era el director de Migración, una dependencia del Ministerio de Gobierno y Justicia.
La "aplanadora" no tuvo obstáculos para poner en el puesto al que era llamado "el ungido". El nuevo funcionario empieza así sus labores, con una imagen desgastada, que ha envejecido no por culpa del tiempo, sino de las apariencias. El Defensor tiene un reto y este puede ser su mayor oportunidad o su mayor fracaso.
De él depende que esta institución recupere su prestigio y sirva para los fines que justificaron su creación o se hunda más en las profundidades de su hoy malograda imagen.
