Hoy, al cumplirse los 20 años de aquel "viernes negro" –fecha en la que el pueblo, vestido de blanco, salió a las calles a exigir justicia sin más armas que pañuelos y la potencia de su voz–, se hace oportuno rescatar algunos escarmientos que nos dejó la dictadura. Para empezar, no hay que olvidar las circunstancias que propiciaron ese golpe de Estado que nos postró ante una autocracia.
Ahora vivimos en un estado de derecho, forjado con sangre, sufrimiento y lucha de un pueblo que se enfrentó valientemente a un ejército que no tuvo escrúpulos en aplastarlo. Por ello, es inconcebible que ahora, en plena democracia, los políticos cometan los mismos errores de antes: excesos, falta de transparencia, nepotismo, tráfico de influencias, clientelismo político.
No parece que hayamos superado ni aprendido de nuestros errores y eso es lamentable porque Panamá puede ser todo lo que se proponga, si no fuera por la insaciable avaricia de políticos que reclaman del país como su finca personal. Hay que rectificar rumbos y, para hacerlo, solo basta mirar el doloroso pasado reciente, para que no se vuelva a repetir.