Los diputados creen haber hallado la fórmula que les permitirá salir del atolladero en el que nunca terminan de hundirse. Creen que la cantidad –en materia de leyes– es mejor que la calidad. Y así, en los minutos finales de estos últimos cuatro largos meses, de plenos y comisiones, pretenden hacer un embutido legislativo con el que quieren justificar infructíferas leyes, como la del mes de las Sagradas Escrituras.
Con mucho éxito, hay que reconocerlo, lograron impedir que se aprobaran autorregulaciones, como las reformas al reglamento interno, solo con el fin de mantener privilegios ofensivos, como las exoneraciones para la compra de carros Masserati o Porsche.
Las reformas las querían, en cambio, para mantener su propia vigencia política, como restaurar las partidas circuitales. Y a ello hay que agregar la total ausencia de empatía con las personas que murieron quemadas en un bus el año pasado. Pudo más la complacencia –y la autocomplacencia– que la justicia. La farsa continúa hoy, con leyes que nacerán de espurios propósitos o que perecerán bajo un fardo de desmedidas ambiciones políticas y personales.
