Las cifras oficiales del desempeño económico de Panamá son, a simple vista, extraordinarias: un crecimiento del producto interno bruto del 9.4% en el primer trimestre; un desempleo que baja a niveles históricos: 7.3%, y los ingresos de la Caja de Seguro Social han subido en montos sin precedentes.
En otras palabras, la añorada bonanza toca a nuestras puertas. Entonces, ¿cómo se explica que las estadísticas de la pobreza –del 40%– se mantengan incólumes, ilesas ante tanta riqueza? El quintil de la población más rica de Panamá recibe 42 veces más ingreso que el quintil más pobre.
Es evidente que el bienestar no alcanza a la gente que más lo necesita, pues uno de cada cuatro niños pobres sufre desnutrición aguda. Es dramático reconocer que la batalla contra la penuria y la carencia la estamos perdiendo de la peor forma: con los bolsillos llenos. Panamá se comprometió –en seguimiento a los Objetivos del Milenio– a reducir en 50% los índices de pobreza para 2015, pero las cifras muestran que la brecha sigue ancha y profunda. Tenemos claras las metas, pero hace falta la estrategia para alcanzarlas.