Hace hoy veinte años se hicieron públicas aquellas declaraciones del coronel Roberto Díaz Herrera que marcaron el fin de la dictadura militar, un régimen que nos llevó a la bancarrota moral y económica, que resquebrajó valores –mal del que aún no nos recuperamos–, que sin escrúpulo alguno cercenó derechos y libertades, que pisoteó las leyes y la Constitución.
Ahora vivimos en una democracia, con serias carencias e inmadura, pero democracia. Perfeccionar esta forma de gobierno es una lucha diaria entre los que detentan el poder y la sociedad, que desgasta, que erosiona ideas y voluntades, pero vital para nuestra propia sobrevivencia ciudadana.
Pero de la debilidad de nuestra democracia somos responsables todos. Por un lado los políticos, que se niegan a ser transparentes, a rendir cuentas o a fortalecer las instituciones; y por el otro, los ciudadanos que con nuestro voto premiamos a nuestros voceros políticos, pero luego fallamos en unirnos para exigir responsabilidades por el manejo de la cosa pública, censura frente al clientelismo y castigo ejemplar para la corrupción y la impunidad. Así, la tarea de fortalecer nuestra democracia criolla sigue pendiente: requiere que estemos dispuestos a sacrificarnos por ella.
