Los recursos naturales en Panamá son abundantes... todavía. Son tal fuente de riqueza, que han despertado una inimaginable y desmedida codicia entre pseudo empresarios locales y extranjeros que especulan con el valor de la tierra, atropellan, trafican influencias, hacen todo lo que esté a su alcance para lograr su objetivo: llenarse los bolsillos.
Mientras tanto, nuestros guardianes de esos recursos –la Autoridad Nacional del Ambiente, la Autoridad de los Recursos Acuáticos y la Autoridad Marítima de Panamá– parecen estar durmiendo una larga y profunda siesta, pues los medios les llevan una clara ventaja.
No ha terminado de secarse la tinta de una denuncia, cuando ya hay dos o tres más en el tintero. Devastación de bosques, venta de islas y qué hablar de manglares, que el solo mencionar la palabra pone de mal humor a esos que se rasgan las vestiduras mientras prometen el progreso y miles de empleos. Pareciera que hay una fiesta en el patio de todas estas instituciones y nadie allí se ha enterado. Para cuando despierten, no habrá nada que proteger.
