Los fallos de la Corte Suprema nos dejan perplejos. ¡Cuánta vergonzosa indulgencia! Ahora resulta que un diputado es beneficiado con la anulación de su caso por tecnicismos pusilánimes, como lo es la inmunidad parlamentaria, de la que nunca se despojarán, pues, si sirve de algo, es para gozar de una vida al margen de la ley.
Ahora el diputado podrá vivir sin la preocupación de una condena –si es que alguna vez la tuvo– y disfrutar de su jugoso salario y de las camionetas Porsche que adquirió para pasear por las necesitadas veredas de su comarca. Pero en medio de esta oscura impunidad, aún hay algunos rayos de luz que desde la penumbra del mismo Órgano Judicial advierten de que la situación es un problema serio y que más allá del presupuesto o de recursos, lo que realmente necesita la Corte son jueces íntegros, que impartan verdadera justicia.
Ya estamos más que cansados de ver fallos caricaturescos o magistrados que ni siquiera se sonrojan ante las acusaciones de corrupción.
