Los panameños somos víctimas de nuestra propia indiferencia y desidia. La crítica ausencia de una conciencia ciudadana nos está condenando a tener una vida calamitosa, cargada de tragedias, como la que vive hoy la barriada 9 de Enero, cuyo alcantarillado parece una réplica de Cerro Patacón. Los panameños frecuentemente pensamos que las desgracias solo les ocurren a otros y olvidamos que esos otros somos nosotros mismos.
Lo doloroso es que los infortunios no sobrevendrían si tan solo fuéramos más diligentes, si actuáramos con más sentido común. Ese daño que provocamos a la naturaleza es una deuda que tarde o temprano tendremos que pagar con onerosos intereses. Matar animales –ignorando el desbalance que provocaría su ausencia- echar abajo cerros y derribar bosques, con la consecuente erosión, son ejemplos inequívocos de ello.
Pero algunos prefieren anestesiarse con la utopía de que los males solo acontecen al vecino. Por ello, es crucial que Anam se haga presente y nos pruebe que no le tiembla la mano a la hora de proteger nuestro patrimonio ambiental.